La trampa del Estado del Bienestar.

La trampa del Estado del Bienestar. Bajo una gran trampa urdida desde décadas atrás por las mentes más brillantes de la elite, ese ínfimo pero todopoderoso grupo de poder dueño de los recursos y finanzas planetarias, lanza sobre occidente el señuelo de construir el denominado "estado del bienestar", inyectando al sistema ingentes cantidades de dinero para ser prestado al conjunto de la sociedad/estado (gobierno, empresa y población), instrumentalizando para ello los órganos de poder de cada respectiva plataforma continental, en consonancia con la banca, los medios de comunicación y la publicidad con la que seducir al conjunto referido, transformando la percepción del hombre hacia otra realidad del todo artificial para dirigir la mente colectiva, hacia el consumo desmesurado. Cuando gobiernos y ciudadanía se endeudaron lo suficiente, el crédito se suspende de repente para que la especulación, la duda, la incertidumbre y por último la desconfianza, pinchen el globo de un sueño insostenible obteniendo como resultado, un gigantesco exceso de oferta a todos los niveles y esferas del conjunto de la sociedad. Las condiciones de vida se recrudecen. Las ventas comienzan a caer cuando el consumo se paraliza, provocando que las fábricas no puedan vender sus excedentes. Sin crédito, muchas fábricas quedan sin liquidez arruinando a muchos empresarios que ante el impago de los clientes y sobre todo el gobierno, se ven forzados a vender sus stocks por debajo del costo, originando pérdidas inasumibles con la consecuente destrucción del tejido industrial. De esta forma, innumerables empresas antaño rentables, entran en quiebra, siendo aprovechado por los monopolios que acuden a rescatarlas a precio de saldo para después de sanearlas, ser puestas de nuevo en circulación con hombres de paja al frente de sus consejos de administración como fieles servidores de los designios oligarcas, cerrando así un negocio redondo. Sin embargo otras muchas empresas intentan resistir recurriendo al abaratamiento de costos, por lo que desprenderse de recursos humanos, es la primera regla que provoca el desempleo galopante auspiciado por una precarización laboral impulsada por las patronales. Acogiéndose a esta coyuntura, muchos empresarios abaratan los salarios mientras los sindicatos, entre la espada (por temor a perder las subvenciones públicas) y la pared (en defensa de los derechos de la clase trabajadora), eligen posicionarse al lado de un gobierno presionado por la alta clase empresarial para abaratar el despido a golpe de decreto, congelando a su vez los sueldos de los funcionarios y las ya de por sí míseras pensiones de quienes dedicaron su vida a construir país, mientras los impuestos aumentan para compensar la pérdida de ingresos, causando la pérdida del poder adquisitivo de las familias que sin crédito, sin capacidad de ahorro, sin liquidez ni expectativas de futuro, renuncian al consumo como base dinamizadora de toda economía. La “crisis” está en marcha. El engaño, ha surtido el efecto deseado. El gobierno, pese a los infructuosos esfuerzos por contener el gasto público y ante la debacle económica, se ve obligado a aumentar su techo de gasto para sostener al estado, recurriendo a los mercados para endeudarse por encima de sus posibilidades, hipotecando así con la deuda contraída el futuro de generaciones que ni siquiera han nacido aún, para indignación de una sociedad traicionada por un gobierno que fuera de toda realidad, incumple sus programas electorales, legisla con doble rasero, fomenta la desigualdad y la injusticia bajo una corrupción que se extiende y generaliza cuando los tributos y la riqueza son despilfarrados, malversados o apropiados, más aún cuando situándose al lado de los mercados que prestaron su dinero, abandonan el sagrado compromiso de deberse a los impuestos del ciudadano. Es entonces cuando el hombre ya no gobierna a los mercados, sino que son éstos los que gobiernan al mundo para caos de un agotado sistema capitalista basado en el crecimiento continuo gracias a los intereses generados sobre el capital prestado, cuyo adeudo, no da para más, provocando una auto implosión que así misma se devora para triunfo de un neoliberalismo con tendencia al totalitarismo, mientras el descrédito político crece en la misma proporción que la crispación social, que es silenciada primero a golpe de falaz discurso demagógico de vacío contenido, y ante su ineficacia, por el impune decreto inconstitucional legislado para legitimar el uso del abuso que coarte la libertad de huelga, de reunión y manifestación, y en no mucho…, de libertad de expresión y prensa, para volver a instaurar la censura de otros tiempos dictatoriales para vergüenza de una democracia al borde del hundimiento, avalado, tolerado y aceptado por la ignorancia del pueblo en su manifiesta pasividad. El neo feudalismo…, gana terreno. Ante el incremento del impago y en reclamo de su inversión (por el capital prestado), a la banca le resulta extremadamente fácil y legal, además de amoral, adueñarse del patrimonio de morosos y sobre todo de avalistas, como parte de un plan tramado para apropiarse de los recursos de la clase media y media-baja hasta hacerla desaparecer. Y sin clase media, la creación de empleo desaparece. Por tanto, es la insolvencia quien lleva a la ruina de una población incapaz de sostener el inducido estilo de vida para caer sin remedio en la necesidad y lo que es peor, perdiendo su condición de ciudadano desde el momento en el que pasa a formar parte de la exclusión social. El fraude más grande de todos los tiempos, está en marcha. Los bancos se descapitalizan al quedar sin liquidez que por insolvencia de la morosidad no pueden recuperar, ya que al capital prestado más el invertido en la adquisición de empresas, habría que sumarle los desorbitados salarios de los directivos, los beneficios astronómicos de sus planes de pensión o despido y la corrupción que en época de bonanza, pasó deliberadamente inadvertida a la comisión nacional de valores, órgano encargado de supervisar y controlar toda operación financiera. Pero la banca no está diseñada para perder ya que su caída, significaría la quiebra del sistema económico y financiero. Por ello la elite, a través de los mercados que ellos controlan, procedió a la recapitalización canalizándola a través de los gobiernos como receptores del capital privado, quedando así la banca a salvo y con sus desmanes tapados, mientras el capital es convertido en deuda pública que deberá ser costeada por una sociedad engañada y sin derecho al pataleo.

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