Las residencias.

Las residencias. Entre más viejos somos, más corta es la soga que nos ata a la vida; el virus les ha cortado la soga a muchos viejos y lo ha tenido más fácil donde había muchos juntos. Sobre la enfermedad no opino, eso que lo hagan los médicos y los que entiendan; pero de las residencias, de la política y la economía que hay montada a cuenta de los viejos si opino, porque tengo derecho a hacerlo como cualquiera. Que personas, físicas o jurídicas, obtengan beneficios por gestionar servicios públicos que están recogidos en la Constitución como derechos constitucionales, no puede hacerse sin corrupción; que consiste en que las administraciones públicas adjudique una parte del dinero que casi todos aportamos mediante impuestos para que obtengan los ricos a cuenta de nuestros derechos y nuestro dinero beneficios que en ocasiones acaban en paraísos fiscales; eso no admite eufemismos como privatizar, o retorciendo un poco más el lenguaje, externalizar; se llama “CORRUPCIÓN,” que es el hábitat natural del salvaje capitalismo hispano. El periodista Manuel Rico ha escrito un libro muy bien documentado, titulado “el escándalo de las residencias” (que es necesario leer para enterarse del sistema) en el que explica cómo funcionan las residencias concertadas. El coste de una plaza lo calcula en 1700 €, Si el residente aporta 1100, el gobierno de la comunidad autónoma aporta los 600 restantes. Se ha publicado en la prensa nacional que hay residencias de esas concertadas de gestión privada, que trabajan con márgenes de beneficio del 25, 35 y hasta del 50 %. Siempre que planteo y analizo un problema, si puedo también propongo una solución. Sabemos, que cuando los recursos económicos de los ancianos residentes no son suficientes para atender a sus cuidados, las comunidades autónomas o los ayuntamientos aportan una cantidad complementaria para cubrir esos costes y aquí llegamos a dos modelos distintos de gestión; uno público o de autogestión y otro privado, enfocado a que una persona física o jurídica obtenga beneficios. Los hay que se creen que han nacido para hacerse ricos, pero resulta que hacerse rico cualquier pelagatos no es fácil. En España la principal actividad económica es el turismo; las cadenas de hoteles y las compañías aéreas ya tienen dueño y no es fácil entrar en ese sector por la puerta grande. En España se fabrican muchos coches, ninguno de marca española, porque desde el carro o el remolque no hemos inventado ningún medio de transporte. Las fábricas de coches las dirigen los extranjeros, que para eso son suyas, ahí tampoco hay espacio para los enchufes. Queda el aceite, que la mayor parte la comercializan los italianos, y los jamones, mientras no dejen secar los olivos y las encinas. En la gran distribución comercial ya están los franceses, árabes, alemanes y Mercadona. A estas cadenas de distribución si pueden pasar a través de lo que conocemos como “puertas giratorias,” con sueldazo enorme algunos políticos de los partidos neoliberales por haberles obsequiado cuando estaban en el gobierno con alguna reforma laboral, cualquier pelotazo urbanístico o derecho comercial ventajoso. A los que se creen que han nacido para ser ricos, sea como sea, no les queda más nicho de mercado que los servicios públicos y entre ellos las residencias de ancianos. Los grandes capitalistas, fondos de inversión que operan en éste mercado son de procedencia extranjera, incluido el imperio vaticano como un fondo especulativo más porque gestiona múltiples residencias de ancianos con ánimo del lucro como objetivo único. Pudiera suceder que el correligionario del partido aspirante a rico, estirando su imaginación hiciera una oferta diciendo que se compromete a gastar solo 1500, que de aquellos 1.700 citados ahorramos 200 y así incluso podríamos alardear de buen gobierno y gestión eficaz, pero a costa de quedarnos para gastar 1190, en lugar de los 1700 de la primera gestión privada o de los 1.700 de la pública, ¿Quién pierde? Los viejos residentes y los obreros/as que los cuidan.

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